jueves, 3 de marzo de 2011

complejidad.

Él. Que arranca los matojos de tu respiración con lícita presencia. Él. Que merma tus sentidos y los envuelve en la seda de sus ojos. Él; el inigualable, el codiciado, el monstruo de manos suaves y sonrisas inquietas. Le posees tanto que te agobia el corazón. La pena, la suerte, la condena. Él; que busca tus brazos como sin quererlo, que quiere tu sabiduría sin imaginarlo. Que tiene, vive y destruye. Que de tu mente nunca huye. Sueñas con su pelo, con su cara, con su forma de llevarte a la utopía de la vida. Ilógica la dependencia, la cruel decadencia de tu alma cuando se escapa de tu campo de visión.El sentir. El querer. Es frustante que ningún sentimiento sea tan efímero como los ratos que pasas sentada a su derecha, sin mirarle, pero contentándote con escucharle hablar. Una palabra, y ya ha ganado. Puedes cerrar los ojos y sentir placer al escuchar tu nombre brotar de su garganta, salir disparado por su boca, acariciar sublimemente sus labios; y luego, la magia nunca se rompe. Estás atada, condenada, envuelta en una teleraña donde tú eres el mosquito. Pero lo deseas. Deseas ser su presa, deseas ser su alimento, deseas darle más vida. Que te engulla, para poder sentirlo desde dentro. Conocer el interior de sus sentimientos, escuchar el silencio de sus ojos al parpadear; descubres que su mirada no es tan común. Y descubres que tu terror está justificado. Porque te da miedo agarrarte tanto a algo que hasta ahora nunca te ha dado más seguridad que tu locura no-transitoria. Él. Él no tiene la culpa. Conoces ahora que es una marioneta de tus sentimientos, que no tiene por qué querer también tu juego; que tus secretos no tienen por qué ser sus secretos.Y eso duele. Duele tanto que agobia, quema, muerde, apuñala y atraviesa. Sin embargo, ese dolor se entremezcla con la alegría de verle. A él. Al imperfecto, al incorrecto, al incomplejo.Al que tú deseas enseñarle lo que es la complejidad.
Tu complejidad.

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